Hay libros que entran suaves, como una taza de té en una tarde fría. Pero hay otros —y de esos se nutre este refugio— que llegan para desordenar. Son historias o ensayos que rozan aquello que duele, que nombran lo que a veces callamos y que nos dejan un rato en silencio al cerrar la contratapa. Hace poco resonaba por ahí una frase de Juan José Millás que define como pocas cosas el oficio de escribir, y también el de leer con el alma despierta: “La escritura abre y cauteriza al mismo tiempo”. Pensémoslo por un momento. Leer no es siempre un pasatiempo cómodo. A veces, un libro abre una hendidura: nos enfrenta a nuestras propias crisis, a ausencias, a dudas existenciales o a estructuras que dábamos por sentadas. La lectura duele porque es espejo. Nos descubre vulnerables. Pero ahí mismo, en esa misma página donde la herida se revela, ocurre el milagro de la cauterización. Al ponerle palabras a lo innombrable, el dolor se vuelve mapa. Deja...
Lee donde sea, lo que sea, como sea, con quién sea.