Enseñar tiene algo de acto imposible, de paradoja silenciosa. Entregamos horas, lecturas, pedazos de nuestra propia mirada del mundo y certezas cuidadosamente construidas, sabiendo de antemano que el destino final no nos pertenece. Da igual si el escenario es el pizarrón de un aula, la cancha de tenis donde se corrige el revés, el estudio de danza clásica donde se cuida la postura, o el taller de alfarería donde se enseña a sentir el barro. Quien educa está entregando un pedazo de su propia alma, con una generosidad que desarma. Hay un poema atribuido a Teresa de Calcuta que pone palabras a este sentir profundo: "Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo. Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño. Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida." Ese es el límite invisible y sagrado. Educar no es clonar destinos ni fabricar réplicas exactas de nuestros propios deseos. Es un acto supremo de desapego. Es dar herramientas, confianza y un pedazo de mundo para que e...
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