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El acto sagrado de dar alas. Hoy bajo mi pluma un Poema

Enseñar tiene algo de acto imposible, de paradoja silenciosa. Entregamos horas, lecturas, pedazos de nuestra propia mirada del mundo y certezas cuidadosamente construidas, sabiendo de antemano que el destino final no nos pertenece.


​Da igual si el escenario es el pizarrón de un aula, la cancha de tenis donde se corrige el revés, el estudio de danza clásica donde se cuida la postura, o el taller de alfarería donde se enseña a sentir el barro. Quien educa está entregando un pedazo de su propia alma, con una generosidad que desarma.

​Hay un poema atribuido a Teresa de Calcuta que pone palabras a este sentir profundo:
​"Enseñarás a volar, pero no volarán tu vuelo.
Enseñarás a soñar, pero no soñarán tu sueño.
Enseñarás a vivir, pero no vivirán tu vida."

​Ese es el límite invisible y sagrado. Educar no es clonar destinos ni fabricar réplicas exactas de nuestros propios deseos. Es un acto supremo de desapego. Es dar herramientas, confianza y un pedazo de mundo para que el otro, a su tiempo, despliegue sus propias alas y encuentre su propio cielo.

​A veces nos preguntamos qué queda de nuestro paso por la vida de otros. La respuesta no está en los aplausos ni en las retenciones, sino en el momento exacto en que soltamos la mano.

​Pensá por un momento en tus propios maestros de vuelo —esa profesora que vio lo que vos misma no veías, el entrenador que te enseñó a caerte y levantarte, o quien te guió en silencio—. Ninguno de ellos te ató a su destino; te regalaron alas. Y por eso, aunque vueles lejos y por senderos propios, la huella de su camino sigue latiendo en cada latido de tu propio viaje.

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