Cada tarde, a la misma hora, ella repetía el mismo gesto: preparar una taza de café y sentarse frente a la ventana. No era un acto solemne ni un ritual consciente, apenas una costumbre que había nacido del silencio. El vapor ascendía lento, dibujando figuras que se deshacían antes de nacer. Afuera, el barrio seguía su curso: niños corriendo, un perro ladrando, la sombra de un árbol que se estiraba sobre la vereda. Adentro, todo era quietud. Ese día, sin embargo, algo cambió. Al apoyar la taza sobre el alféizar, levantó la vista y vio su reflejo en el vidrio. No era solo su rostro cansado: detrás, como una sombra superpuesta, apareció la silueta de alguien que ya no estaba. El corazón le dio un salto. No eratan posible, se dijo, pero la imagen persistía. El reflejo no hablaba, no sonreía, no hacía gesto alguno. Solo estaba allí, como si la rutina de cada tarde hubiera convocado una presencia oculta. Ella recordó entonces las manos de su padre, siempre firmes al sostener una taza, y la...
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