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El último cliente (Territorio de relatos)

 "Hay encuentros que no se planean y clientes que nunca se olvidan. 

Hoy inauguramos esta sección con una historia que nació de un café y terminó en papel. Les presento a Mario..."


El último cliente
La campana sobre la puerta tintineó a las 23:47. Mario levantó la vista del mostrador, donde limpiaba el cristal por décima vez esa noche. El hombre que entró llevaba un traje gris impecable y una maleta de cuero antigua.
—¿Aún sirve café? —preguntó.
—Por usted, sí.
Mario lo había dicho miles de veces en treinta años tras esa barra. Mañana cerraría para siempre. El edificio sería demolido, el café convertido en estacionamiento. Pero esta noche, aún servía café.
El hombre se sentó. Mario preparó la cafetera italiana como su padre le enseñó, cuando este lugar se llamaba Café Vittorio y las mesas se llenaban de inmigrantes 

que venían a leer cartas de casa.
—Mi padre solía venir aquí —dijo el hombre de repente—. En los sesenta. Decía que el café sabía a Nápoles.
Mario sintió un vuelco. Recordó entonces a un niño que venía con su padre cada domingo. El padre pedía espresso doble, el niño chocolate caliente. Hablaban en italiano. El padre murió joven. El niño dejó de venir.
—¿Tú eres...?
—Luca. Tenía siete años la última vez.
El silencio cayó como nieve. Mario sirvió el café. La taza tembló ligeramente cuando la dejó sobre el mostrador.
—¿Por qué volviste?
Luca abrió la maleta. Dentro, cuidadosamente doblado, había un mantel. Blanco con bordes azules. Mario lo reconoció de inmediato: era del café, de hacía décadas.

—Papá lo tomó el día que murió. Dijo que si alguna vez cerraban este lugar, debía devolverlo. Que era demasiado hermoso para perderse.
Mario extendió el mantel sobre el mostrador. Las manchas de café de mil mañanas formaban un mapa de conversaciones olvidadas. Pasó los dedos sobre la tela.
—Tu padre era buen hombre.
—Usted también —Luca bebió su café de un trago—. ¿Qué hará ahora?
Mario miró las paredes desnudas, las sillas apiladas, el espejo manchado que había visto envejecer a toda una generación.
—No lo sé.
Luca dejó dinero sobre el mostrador. Demasiado.
—El cambio —dijo Mario.
—No hay cambio. Esto es por todos los 
cafés que no tomé aquí.
Se levantó, caminó hacia la puerta. Antes de salir, se volvió:
—¿Sabe? Papá decía que un lugar no muere mientras alguien lo recuerde.
La campana tintineó. Mario quedó solo con el mantel, el dinero, y cuarenta años de ecos. Afuera empezó a llover. Preparó otro café, el último, y brindó con fantasmas.
A medianoche apagó las luces.
El café sabía a Nápoles.

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