Mayo se despide con un frío que se cuela por los marcos de las ventanas, recordándonos que el otoño ya no es una promesa, sino una realidad que abraza cada rincón de la casa. Hay algo en esta estación que cambia nuestro ritmo. El sol se retira temprano, el mundo afuera se vuelve un poco más gris y, casi sin darnos cuenta, nuestro refugio se traslada al interior. Es en este momento del año cuando los libros dejan de ser simplemente páginas y se transforman en una forma de abrigo. A veces me pregunto si buscamos las historias por lo que cuentan o por el refugio que ofrecen. Porque cuando afuera el viento insiste en recordarnos la incertidumbre, sentarse con un libro —ese objeto fiel que no pide nada y lo entrega todo— es un acto de resistencia y de paz. Un buen libro es, en días así, como una manta gruesa. Es un espacio privado donde el tiempo se detiene y la temperatura del alma parece estabilizarse. No importa si es un ensayo complejo, una novela que nos arranca de ...
Lee donde sea, lo que sea, como sea, con quién sea.