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El reflejo en la ventana

Cada tarde, a la misma hora, ella repetía el mismo gesto: preparar una taza de café y sentarse frente a la ventana. No era un acto solemne ni un ritual consciente, apenas una costumbre que había nacido del silencio. El vapor ascendía lento, dibujando figuras que se deshacían antes de nacer. Afuera, el barrio seguía su curso: niños corriendo, un perro ladrando, la sombra de un árbol que se estiraba sobre la vereda. Adentro, todo era quietud.
​Ese día, sin embargo, algo cambió. Al apoyar la taza sobre el alféizar, levantó la vista y vio su reflejo en el vidrio. No era solo su rostro cansado: detrás, como una sombra superpuesta, apareció la silueta de alguien que ya no estaba. El corazón le dio un salto. No eratan posible, se dijo, pero la imagen persistía.
​El reflejo no hablaba, no sonreía, no hacía gesto alguno. Solo estaba allí, como si la rutina de cada tarde hubiera convocado una presencia oculta. Ella recordó entonces las manos de su padre, siempre firmes al sostener una taza, y la manera en que él decía que el café era un puente entre mundos: el de los vivos y el de los recuerdos.
​El aroma la envolvió como un abrazo. El primer sorbo fue nostalgia: la infancia en la cocina, el murmullo de voces familiares, la madera gastada de la mesa. El segundo sorbo fue valentía: aceptar que la ausencia no se borra, que la memoria insiste aunque duela. Comprendió que no estaba bebiendo para olvidar, sino para recordar.
​Los días siguientes, la rutina cambió de sentido. Cada tarde frente a la ventana se convirtió en un pacto silencioso con la memoria, un ritual que transformaba la soledad en compañía. El reflejo aparecía y desaparecía, como si jugara con la luz. A veces era apenas una sombra, otras veces tan nítido que parecía respirar. Ella no lo temía: lo aceptaba como parte de su mundo.
​El barrio seguía indiferente. Los vecinos pasaban, los autos frenaban, los pájaros cruzaban el cielo. Nadie sospechaba que, detrás de ese vidrio, alguien estaba aprendiendo a convivir con lo invisible.
​Una tarde, al mirar el reflejo, comprendió que no era solo su padre lo que veía. Era también ella misma, multiplicada en todas las versiones que había sido: la niña que corría descalza, la joven que soñaba con viajes imposibles, la mujer que ahora sostenía la taza con manos temblorosas. El reflejo era memoria, pero también futuro.
​El último sorbo fue revelación. Supo que la vida no se mide en grandes gestos, sino en esos pequeños rituales que nos sostienen cuando todo parece desmoronarse. Afuera, la lluvia insistía en borrar las huellas del día. Adentro, ella había encontrado un refugio.
​Y en ese instante, el reflejo dejó de ser sombra. Se volvió un gesto sereno, una presencia que no reclamaba nada. Comprendió que la ausencia no era vacío, sino raíz: un modo de permanecer en lo invisible. Entonces apoyó la taza, cerró los ojos y respiró hondo. La pérdida ya no dolía como antes; se había transformado en compañía silenciosa, en certeza de que lo amado nunca se extingue del todo.

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