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Hoy; bajo mi pluma: Seda: la geografía de la distancia

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A veces, viajar no es una cuestión de kilómetros. A veces, viajar es una forma de alejarse de uno mismo, de lo que nos rodea, de la piel que nos aprieta y ya no nos pertenece.

​Al leer Seda, de Alessandro Baricco, no sentí que estaba acompañando a Hervé Joncour en sus travesías por el mundo. Sentí, más bien, que estaba aprendiendo el arte de la lejanía.
​Hay historias que son como un hilo de seda: finas, casi invisibles, fáciles de romper, pero capaces de sostener todo el peso de un deseo. Baricco escribe con el pulso de alguien que sabe que, a menudo, lo más profundo ocurre en el silencio de un viaje, en ese espacio indeterminado entre el punto de partida y el destino.

​Es un libro que se lee alejándose. A medida que las páginas avanzan, uno se siente más lejos de su propia orilla, observando su vida desde una distancia prudente, casi aérea. Como si al ver a Joncour cruzar mares para buscar algo que no termina de nombrar, nosotros también estuviéramos buscando —en el frío de nuestro propio otoño— ese algo que se nos escapa entre las manos.

​La seda es suave, es muda, es una presencia que no pesa. Así es esta historia. Se desliza. No pretende explicar el sentido de la vida, solo nos permite contemplarlo mientras nos alejamos, aunque sea por un rato, de nuestra propia quietud.

​Quizás leer no sea otra cosa que eso: viajar para poder mirar nuestra propia historia desde afuera, con la calma de quien sabe que, al final del camino, solo queda el rastro de lo que sentimos.


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